Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas

10.12.14

Llegaría el silencio [fragmento]

Horacio dormía esa mañana. Últimamente, Horacio dormía como nunca. El sueño era su nueva manera de respirar. Por las noches, el cuerpo de Horacio buscaba el de ella y ella se dejaba, no por ella sino más bien porque su cuerpo parecía querer; ese cuerpo que ya no era suyo sino de los sonidos que custodiaba como piedras preciosas. Las voces la habían llenado cuando nada más. El cuerpo de Horacio no tenía voces. El cuerpo de Horacio era un hueco que ya no pesaba como antes sobre el suyo. Le hubiera gustado volver a ver a Horacio en su cuerpo. Podía escucharlo todavía, si hacía algún esfuerzo. La voz de Horacio no hacía vibrar las cosas como la de Julio pero resonaba en ella y eso había sido suficiente para seguirlo.
Sintió el cuerpo húmedo mucho tiempo después de que el tipo ese que aparecía todas las mañanas para hablar con Horacio se hubiera ido. Sintió que el agua le llenaba los pulmones, que el aire era espeso, que algo desacomodaba la voces, que los sonidos se apilaban dentro de ella que ahora era del silencio, gruta.

14.11.14

Ni el tiro del final* [fragmento]

Si alguien se lo hubiera preguntado, no habría podido determinar el momento en el que tomó consciencia de ellos. No les había prestado atención: vivía intentando mantenerse al margen de todo lo que sucediera en la esfera del otro. Casi no miraba televisión, salvo a la hora de la cena o cuando llegaba por las tardes y su madre la tenía encendida en la telenovela del momento. Apenas leía los diarios y, cuando lo hacía, evadía de plano la sección de espectáculos.
En algún momento impreciso, sin embargo, la existencia de ellos se le presentó como una evidencia irrefutable de la decadencia humana. Juan Carlos desarrolló por ellos un odio visceral. Los odiaba más que al Mismísimo. Con más fervor, con más sensatez. Porque la voz de América, en el fondo, era él mismo. En el fondo, él no tenía la culpa de parecerse tanto a Juan Carlos o de que Juan Carlos se pareciera tanto a él. Si el Ídolo hacía algún esfuerzo para parecerse a alguien, no era a Juan Carlos sino a Elvis. Problema de Elvis, pensaba Juan Carlos. Pero ellos, ellos no tenían perdón de ningún tipo. Ellos eran una lacra absurda que llevaba su culto a un extremo demencial. Ellos, panzones, viejos, sin oído se paraban ante las cámaras de televisión y repetían, una y otra vez, las peores versiones de las canciones furor del momento. Ellos se dejaban entrevistar y narraban cómo habían decidido metamorfosearse para ser como Él en sus ratos de ocio, porque algún familiar, algún vecino, alguna vez, les habían dicho que tenían “un no sé qué”, “un aire a”. Un aire, un aire, repetía Juan Carlos y se volvía loco de impotencia.
Llegó a ver, incluso, la historia de Ricardo, un chofer de la línea 60 que, para superar a los otros, conducía orgulloso su vehículo caracterizado como el Inalcanzable. Según su propio relato, había empezado a imitarlo a pedido de su señora y lo que empezó como un juego se le imprimió en la carne. Había decidido, entonces, que su vida bien podía ser un homenaje permanente a aquel que tantos momentos de felicidad le había dado. Ricardo sonreía frente a la cámara que lo acompañaba en su recorrido diario. Las imágenes mostraban pasajeras sonrientes, que daban de buena gana su testimonio: cómo se sentía viajar todos los días en un colectivo conducido por el Ídolo de América. Toda una comunidad festejando una mentira, una ilusión idiota, pensaba Juan Carlos y se sentía desfallecer.
Nunca hubo nada en el mundo que lo exasperara tanto como ellos. Ellos que podían vivir sus vidas anónimas, sin parecidos; ellos, que eran dueños de su propio rostro, de sus cuerpos; ellos, que no se veían obligados a sacarse fotos de prepo con extraños, que no tenían que repetir mil veces que no, que no hacían presentaciones, ni siquiera para señoras que estaban al borde de la muerte; todos ellos habían decidido convertirse en tentáculos para que la omnipresencia del otro fuera posible. No todos podían llegar a Él, pero cualquiera podía contratar a un imitador para los ochenta de la abuela, para el aniversario de casados, incluso, para la fiesta de quince de la nena. Él podía estar con todos, en todos lados.

*Ni el tiro del final [inédita], pp. 15-16.

15.8.14

Baldías [fragmento]

"El hombre que apura el paso, entra y alborota la vigilancia quieta de los perros debe ser el padre de los chicos. Alejandro. Alejandro Ponce, creer recordar. Se frena en seco cuando la ve sentada en la penumbra y se queda así, durante unos segundos que se estiran. Ella quiere presentarse, se pone de pie pero hace tantas horas que no habla más que dentro de su cabeza que la voz sale ronca, torpe. Le parece que los perros están de su lado, igual tiene que estar atenta, concentrarse en cualquier cosa que delate que allí está pasando algo que no debería pasar.
“¿Y por qué asunto viene?”, pregunta él como quien pregunta si hay milanesas para la cena. Y ella le suelta toda la historia, tratando de observar las expresiones faciales de ese hombre que se ha quedado ahí, sin moverse. Poco puede ver en la penumbra y la inquietud que crece en presencia del hombre tampoco colabora. Tendría que haberse ido. Pero no se fue, así que le explica, como puede, que alguien informó que hacía unos cuantos días que no veían a María Viviana Soler, que si ella no tiene mal los datos, es su concubina, la madre de los chiquitos que están solos adentro y que su trabajo es verificar que todo esté bien. Una formalidad nada más, le dice, porque empieza a tener miedo y el remis no aparece. Siente los ojos de los chicos clavados en la espalda y nota que el padre los mira y que deben haberse ocultado porque el haz de luz que de pronto los iluminaba se opaca y los ojos otra vez tienen que amoldarse a la penumbra. El hombre clava sus ojos en el suelo, eso cree ver. Debe estar buscando las palabras en su cabeza, las palabras que expliquen lo que ha sucedido, porque es evidente que algo ha sucedido, aunque ese algo puedan ser mil cosas que ella nunca antes ha escuchado. O que ha escuchado muchas veces de maneras distintas. Es mentira que toda esa gente se parece, como le dicen sus amigos o algún conocido cuando se entera de qué trabaja. Algunas historias se parecen y otras no, pero esas que no se parecen a nada, se disfrazan para hacerse clasificables, para que ciertas personas puedan decir que a toda esa gente le pasan siempre las mismas cosas."

11.8.14

Llegaría el silencio [fragmento]

"Se sentó en la cama. El elástico crujió y le recordó otras camas vaya a saber uno dónde y cuándo. Las camas de los pueblos hacían ese sonido que las hermanaba de algún modo. Caminó descalzo hasta el baño como si fuera lo más habitual del mundo. Orinó sólo para sentir alivio. Abrió la canilla de la ducha y un chorro miserable de agua cayó de la boca de un caño sin regadera. El agua, que debía estar fría, salía tibia. Repitió una rutina que había creído olvidada. Ahí estaba, recién levantado de la cama, duchándose para apuntalar el día aunque no pudiera determinar si el día recién empezaba o estaba a punto de terminar. Cerró la canilla y salió del baño con el cuerpo mojado. Las toallas estaban en el piso; las habría pateado al acostarse. Tomó una y se secó apenas. No le importaba humedecer las sábanas. Boca arriba sobre el colchón duro, sintió el calor del cuerpo de Paula otra vez y el suyo, un calor de humedad y de olor a jabón que no le impidió, sin embargo, volver a entumecerse entre las sábanas. Más tarde, decidiría qué hacer. Más tarde, volvería a mirar al tipo que los había llevado hasta ahí y podría observarlo con ojos despiertos y no embotados de tanto aguantar el sueño y el hambre y esa inquietud que ya no era miedo pero casi. No iba a quebrarse justo en ese momento. Tantos años -¿Años? ¿Eran años? ¿Eso eran los años?- sin dar ni un paso en falso. No, no iba a quebrarse justo en ese momento, justo cuando Paula por fin duerme y sueña y su cuerpo tiembla imperceptiblemente al lado del suyo, quieto pero caliente; caliente como si estuvieran vivos, de nuevo."